CÓMO LA MENTE SE ENTIENDE A SÍ MISMA (Parte 2)
- Astrid Roman G
- hace 6 horas
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En el artículo anterior vimos la analogía del Ser extraída del Katha Upanishad:
Carruaje: el cuerpo
Riendas: la mente sensorial
Caballos: los 5 sentidos
Cochero: el intelecto o discernimiento
Pasajero: la conciencia
Desde una mirada no dualista, aprendemos que nuestro ser tiene la capacidad de vivir la experiencia dual desde distintas dimensiones. Esta analogía en los Vedas se usa para ayudarnos a reconocer al testigo trascendente como el pasajero y domar los caballos. En el Shivaísmo de Cachemira, todo es la misma conciencia manifestándose.
Se habla de niveles de conciencia para decir que cuando nos identificamos como el cuerpo, la mente o incluso un alma individual aún nos faltan capas por descubrir. Por eso se dice que la iluminación es que la mente pueda ver la realidad desde el reconocimiento de la conciencia suprema, o Dios, como la esencia de todo. Pero no son niveles inferiores o superiores, solo diferentes capas de reconocimiento.
El camino como los objetos de percepción
Decíamos que la mente recibe estímulos y los categoriza. En la analogía, el camino son todos los objetos de percepción que llaman la atención de los caballos. Todos los elementos y realidades físicas o internas que nuestros sentidos captan y que el cerebro procesa y predice para darles significado:
Visuales: La forma, el color, la luminosidad, el contorno, la profundidad y el movimiento de los objetos físicos.
Auditivos: Ruidos, tonos y sonidos.
Táctiles y hápticos: La textura, la presión, la vibración, el dolor y la temperatura.
Gustativos y olfativos: Los sabores a través del paladar, las sustancias químicas y olores en el aire.
Espaciales: La orientación y la posición de los elementos en las tres dimensiones.
Internos (Cenestesia y Propiocepción): La posición, el movimiento y el estado de los músculos, articulaciones y órganos internos.
Más un sinfín de variables que van formando creencias que harán que crees apego o rechazo hacia esos mismos estímulos. La inmensa mayoría se mantendrán inconscientes.
La mente tiene un archivo donde guarda todas las experiencias y sus efectos. Es como un banco de memoria, donde también estarían almacenadas las memorias emocionales, estrategias adaptativas y predisposiciones heredadas. -Así es más fácil garantizar la supervivencia. Son las huellas del camino.
Los samskaras o huellas
Cada vez que surge una nueva experiencia, la mente la compara con esas memorias para saber cómo responder y poder reaccionar cada vez en automático. Siempre tratará de encontrar aunque sea algo que se le parezca para responder sin pensar, optimizando energía. Usando las huellas ya transitadas. Es una función muy útil.
Si no encuentra nada y no tenemos al cochero o intelecto despierto, la mente cotidiana pasará a sobreanalizar y tratar de descubrir la mejor manera de responder. Y si hay huellas que predominan por su repetición o trauma, la mente está sesgada hacia ese tipo de respuesta y las ruedas del coche van a caer ahí. Es decir, vamos a repetir la respuesta, que es lo mismo que re-accionar.
Por eso a veces ya no importa si las experiencias se asemejan o no, hay personas que se han acostumbrado a un tipo de respuesta para todo. Ya sea enojo, sarcasmo, sumisión, humor o dulzura. Se dice que es su temperamento, pero a veces algo que comenzó como una cualidad o tendencia innata pero modificable, se ha ido alimentando según la crianza, respuesta del entorno y la interpretación de los resultados que trae, fijándose más y más.
El cochero como intelecto o discernimiento
Aquí es cuando entra en juego el cochero. Cuando este personaje está despierto toma las riendas y tiene más claridad para dirigir a los caballos. Toma la información, la disecciona, la analiza y puede sacar una respuesta más conveniente en cada situación. Puede usar información del banco de memoria como referencia y racionalizar, pero estar presente es su mayor herramienta para escuchar al pasajero y no reaccionar ante la influencia de miedos o apegos de sus memorias.
El intelecto se cultiva para poder mirar la realidad tal como es y no con base en lo que vivimos en el pasado o lo que imaginamos para el futuro. Ya que los miedos y deseos están apoyados en creencias. Lo que creemos que nos hará bien o mal, lo que es bueno o malo, lo que creemos que nos hará felices o nos traerá sufrimiento. Podemos ser dulces o firmes según la situación, y no usar una respuesta condicionada por costumbre o miedo.
Si el intelecto no está despierto, lo que saldrá más fácilmente serán nuestros impulsos biológicos. Porque por milenios, esas fueron las huellas más transitadas como medida de evolución. Por eso las creencias morales ayudan a las personas a comportarse de acuerdo a las reglas en automático. Algunas veces no es discernimiento lo que hace que una persona no siga sus impulsos sino mero temor al castigo ya sea a nivel legal o según su creencia, a nivel celestial.
Ejercitar al cochero
Aparte de cultivar la presencia en las tareas cotidianas que usualmente hacemos en automático (tender la cama, bañarnos, conducir, regar las plantas), también es útil encontrar una actividad que nos mantenga enfocados sin estar en el diálogo interno. Pintar, cocinar, armar un rompecabezas, algo que disfrutemos y nos mantenga presentes, dándole descanso a la mente discursiva.
Conectar con enseñanzas espirituales y textos sagrados es una buena forma de cultivar el intelecto. Ahondar en el yoga del conocimiento o Jñana Yoga, una de las 4 sendas principales de la filosofía yóguica, para reconocer lo que es real de lo imaginado. En estas escrituras se suelen describir con ejemplos situaciones con las que nos vamos a sentir súper identificados. Es como si supieran lo que estamos viviendo hoy, dándonos una nueva perspectiva.
Maestros como Abhinavagupta, Ramana Maharishi, Sri Ramakrishna o más contemporáneo, Eckhart Tolle, han dejado un legado de sabiduría a través de sus obras y enseñanzas que nos permiten expandir el nivel de conciencia y ver más. Despertar al cochero para que escuche al pasajero.
El pasajero como la conciencia
El pasajero es el protagonista de la experiencia. La conciencia es nuestra verdadera identidad. Todo lo demás, aunque son dimensiones de percepción de la experiencia, está a su servicio. Cada elemento es valioso y tiene una función para que se pueda hacer el viaje.
A veces el cochero pudiera estar dormido, por lo que los caballos y las riendas, al no tener guía, llevarán al carruaje por los caminos que ya conocen. El carruaje puede tener fallas, los caballos pudieran estar indómitos, las riendas un poco ruñidas o trabadas, el camino puede ser el mismo, incluso las ventanas pudieran estar cubiertas con cortinas, pero el pasajero permanece atento, despierto, ecuánime.
La conciencia no condena nada. Acepta toda la experiencia. Por eso, aunque a veces estemos conscientes de que repetimos el camino, reconocemos el patrón, la mente entiende lo que queremos cambiar e incluso qué habría que hacer y hasta comenzamos a tomar otro camino, pero los sentidos pueden tirar más fuerte, o reaccionar ante el camino desconocido con resistencia.
El pasajero o conciencia no tiene apuro, porque no está sujeto al tiempo. La conciencia siempre está despierta y manifiesta en lo que sea que se está viviendo. Aunque creamos que somos “inconscientes”, es solo el cochero quien no ve, por ende percibe solo las riendas que interpretan las cosas según las huellas y seguimos la ley del karma. Acción - reacción.
Al poner tu atención en lo que sea que la mente está expresando, aunque sean pensamientos que consideras negativos, estás manifestando la luz de la conciencia. Te haces consciente de cómo se comporta tu mente sin creer lo que dice. Tomas el lugar del pasajero y le indicas al cochero la mejor ruta. Esa es la intuición. La conciencia siempre le habla al cochero. El cochero debe poder escuchar al pasajero.
El mismo pasajero en todos los carruajes
El pasajero es el yo esencial. No nació cuando nació tu cuerpo ni morirá cuando este muera. Es la misma conciencia sobre cada carruaje, mirándose a sí misma como camino desde infinidad de perspectivas distintas al mismo tiempo. Su propósito es darse cuenta del juego del olvido. Cuando tu carruaje deje de funcionar, tú como pasajero sigues vivo. Esto no puede ser comprobado por la ciencia y es imposible de entender por la mente.
Cuando sueñas, tú eres el autor de todos los personajes. El amigo, el enemigo, el paisaje, el peligro. Todo lo genera la misma conciencia, solo que dentro del sueño cada personaje parece completamente independiente, con su propia voluntad, su propio miedo, su propia historia. La vigilia funciona igual.
Observa cómo algunos cocheros pueden estar dormidos y los carruajes (personas) van siendo llevados por caballos (sentidos) que tienen la rienda suelta (mente descontrolada). Cuerpos y personalidades que son consecuencia de una mente que capta estímulos a través de los sentidos y repite las mismas acciones una y otra vez sin una guía muy clara.
Cada uno de esos carruajes tiene al mismo pasajero, que tiene el poder de multiplicarse y convertirse en todos al mismo tiempo. Lo que sí es diferente: carruajes, riendas, cocheros, caballos. Por eso, aunque sea el mismo pasajero nunca vivirá la experiencia igual, ni aunque los caminos parezcan los mismos. El pasajero siempre va a buscar el camino de regreso a casa, sin excepción.
Quién tiene la potestad de despertar al cochero?
Es la gracia divina lo que permite el despertar. Qué causa que de la nada decidas estar presente? Qué hace que algunos cocheros despierten y escuchen al pasajero?
Realmente no hay una razón discrecional donde unos merecen despertar y otros no. Como si fuera una cuestión de premio o castigo. Hay cierta influencia y participación humana en la práctica, pero el deseo y disposición de despertar no es mérito personal. Surgió.
Por qué algunos han escuchado de prácticas espirituales pero no hay un impulso a seguirlas? Por qué algunos no conectan con la devoción, el servicio desinteresado, el estudio de enseñanzas universales no dogmáticas, la contemplación o conexión con la naturaleza?
La vida es un misterio. Simplemente si deshilachamos hacia atrás cada cosa que nos trajo hasta el presente, llegamos al inicio. A la creación del universo. De ese entramado energético se fueron dando fenómenos, que fueron llevando a otra cosa, de acuerdo al momento, ciclos, época, circunstancia, etc. Cada uno tiene una huella única y un destino completamente único.
La chispa divina es la que permite que la verdad se revele. Un destello de luz ilumina al cochero y de pronto algo cambia. Puede ser una tragedia, un cambio drástico, la maternidad, o sencillamente un momento de gracia mientras estabas contemplando las estrellas con 8 o 98 años de edad.
Creer que nuestra alma ya ha planeado en un pasado toda nuestra experiencia es confinarla a los límites del tiempo y el espacio. Si reconocemos que todo existe en un solo momento, dentro de las infinitas posibilidades a las que tenemos acceso, ya se han dado todas. Ya todo existe. Eso también implica que nada está escrito en piedra. Pero si las acciones de hoy siguen coincidiendo con un destino específico, es el que se va a manifestar. Nuestra atención modifica nuestra percepción, conducta e interpretación que a su vez modifican la experiencia y la probabilidad de ciertos resultados.
Como el propósito del alma es traer la conciencia a la manifestación, si estás aquí despierto, es una gran bendición. Traer el cielo a la tierra.
El mismo entramado energético servirá de puente para que la conciencia que se manifiesta a través de ti tenga una influencia sobre la expansión de la perspectiva de los otros, no solo de tu descendencia. Tu sola presencia despierta basta. Solo mantente presente y tu conciencia manifiesta se verá reflejada en tu entorno. Aunque caigas en las viejas huellas, no será igual y puedes abrir nuevas posibilidades para quienes te rodean. Sin tratar de convencerlos de nada. Presencia pura.
No rechazar al carruaje y sus elementos
Es importante reconocer a nuestra mente como una herramienta útil y sagrada. Rechazarla sería como desechar las riendas porque han estado mucho tiempo a la intemperie y se han puesto rígidas. Cambiarlas por otras no es una opción, son las que tenemos, pero si las podemos cuidar para que vayan suavizándose.
Molestarnos todos los días por su rigidez solo hará el viaje más pesado. La solución sería no exponerlas a los inclementes rayos del sol, ni dejarlas bajo la lluvia, o la merced del viento. Nota cómo estos elementos no son malos en sí. Es su uso indiscriminado lo que puede llevar al desequilibrio. Es igual con los sentidos y la mente. Sonidos, olores, sabores, sensaciones, imágenes. No son malos. Pero la exposición indiscriminada a ellos aumenta el caos interno.
La conciencia tampoco tiene un carruaje por error. Es su medio de transporte. El cuerpo y los sentidos no son un obstáculo en el camino del reconocimiento. Identificarnos exclusivamente con ellos nos puede traer sufrimiento, sí. Pero aprender a escuchar la inteligencia del cuerpo nos puede sacar del automatismo. A veces el cuerpo mismo nos pide menos estímulos, pero lo llenamos de ellos por costumbre.
Lo que puede funcionar
Prueba darte dos minutos antes de actuar. Siente los impulsos sensoriales que te llevan a ver, escuchar, comer, oler o sentir alguna cosa. Solo quédate con las sensaciones físicas de esos impulsos antes de hacer nada.
A veces la mente solo siente miedo de no saber en quién nos vamos a convertir si cambiamos de golpe nuestra manera compulsiva de comportarnos. Se habla tanto de no darle importancia al cuerpo, de que no somos la mente, de que no somos la materia, que nuestro ego pudiera creer que nos van a dejar de importar las cosas que nos mantienen vivos. Entonces nos vamos al otro extremo, tratando de controlar los sentidos a la fuerza, buscando hábitos perfectos, desde el miedo.
Debemos recordarnos cómo preferimos vivir, desde qué estado de conciencia. Para qué buscamos ciertas experiencias? Desde la mente sensorial queremos sentir placer, y muchas de las cosas que hacemos, aunque a veces percibimos que no son constructivas o saludables en el largo plazo, nos hacen sentir vivos en el ahora. Observa eso, tratando de no juzgarlo o racionalizarlo.
Y por otro lado, en el afán de cuidar nuestra salud y nunca enfermar, también nos olvidamos de vivir y disfrutar. Como decía el Buda, la salida es el Camino del Medio. Ni la indulgencia excesiva ni la mortificación o ascetismo severo.
Te invito a aprovechar los momentos de silencio y contemplación que ya están presentes en tu día a día. Hazlo como una acción natural para reconocer la vida en lo simple, en la quietud.
Siente la energía subyacente en tus manos, en la mirada de tu mascota, en la risa de un bebé o un niño, en la brisa, en la luz del día o en el brillo de la luna.
Conecta con la alegría de estar vivo desde la contemplación y el ser. Y eso permitirá que cada vez más percibas la dicha que eres y al mismo tiempo puedas disfrutar de la vida externa y los sentidos con gratitud.
Que recibas siempre la gracia de la voluntad, el conocimiento y la acción correcta.
OM Namah Shivaya 🌬️❤️🕊✨
Mucho amor,
Astrid.




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