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CUARTO CHAKRA: EL CORAZÓN COMO VIBRACIÓN NO DUAL - ANAHATA

  • Foto del escritor: Astrid Roman G
    Astrid Roman G
  • 26 may 2025
  • 8 Min. de lectura

Actualizado: 27 dic 2025



Hasta ahora hemos hablado de Muladhara, el chakra raíz, Svadhisthana, el chakra sacral y Manipura, el chakra del plexo solar. Hoy es el turno del chakra del corazón: Anahata.


Ciertas tradiciones describen a Anahata como el espacio donde empieza a diluirse la percepción de separación.


En algunas interpretaciones del Tantra Shaiva, este centro sería como el símbolo donde uno reconoce que todo está unido.


En sánscrito anahata suele traducirse como “no golpeado”, “no tocado”. Es la vibración pura del corazón, hridaya, un sonido sutil que no nace de la fricción o choque de dos objetos, sino que emana del silencio mismo. Es una metáfora del amor incondicional, que no nace de la dualidad. Ya lo vamos a ver.



Este chakra está ubicado en el corazón energético, en el centro de pecho, de acuerdo al sistema de 7 chakras que venimos estudiando.


Anahata se puede ver como el puente entre los tres chakras inferiores, más relacionados con la materia, y los tres superiores, más sutiles.


Este centro se relaciona con el tacto y con el aire, el elemento que no tiene forma ni contorno, que no necesita definirse. El aire se considera el mensajero invisible del espíritu.


El amor que se manifiesta en Anahata es un bhava, una cualidad vibratoria que se expresa cuando la conciencia reconoce que no está separada de nada.


Este bhava no es algo que “yo” genero como una actitud espiritual desde la mente, sino algo que se da cuando uno ya no lucha por convertirse en algo distinto a lo que es. No se trata de dejar de evolucionar, sino tiene más que ver con el estado de conciencia.


No es un amor emocional, ni relacional, ni psicológico en el sentido habitual.


Este amor se puede expresar como bhakti o devoción. El maestro Abhinavagupta habla de para-bhakti o devoción suprema, donde la unión con Dios no se ´busca´, porque no hay sensación de separación.


Este amor se describe como algo que ya está presente, aunque a veces pase desapercibido o no seamos capaces de sentir esa unidad todo el tiempo.


En este sentido, Anahata 


No necesita ser correspondido.

No se proyecta hacia un otro.

No se alimenta de idealización.

No busca obtener, sanar o elevarse.


Es un amor, que si lo dejamos, es capaz de contener todas las polaridades sin fragmentarse.


¿Es esto realmente posible para el humano común? ¿O queda solo reservado para los santos o “seres iluminados”?


Pues sí es posible.


El reconocimiento de que no hay separación y de que nada es un error puede aparecer como un destello fugaz o esté siempre presente. Es muy probable que lo hayas vivido.


En ese instante todo tiene sentido, lo ves todo con claridad, sientes que no hay nada que cambiar, sabes de alguna manera que todo es perfecto… y luego, vuelve la mente con sus hábitos: el juicio, la culpa, la separación, el yo que se quiere arreglar y que quiere arreglar al mundo.


La mente y el cuerpo tienen patrones fuertemente arraigados y es natural que vuelvan esos hábitos, pero no quiere decir que el reconocimiento no se ha dado. Tal vez no lo tengas siempre presente, pero ya lo sabes. Y no es un conocimiento intelectual, es una resonancia que vive dentro de ti: TODO está unido. Solo debes recordar que incluso la confusión y la caída es parte del juego cósmico.


¿A qué se refiere TODO?


Pues todo significa exactamente eso:


-> Todo lo que se percibe: personas, animales, sonidos, objetos, paisajes, ciudades, cuerpos, palabras, memorias.

-> Todo lo que se siente: placer, miedo, rabia, ternura, vacío, ansiedad, calma, aburrimiento.

-> Todo lo que se juzga como “bueno” o “malo”: lo que gusta y lo que incomoda, lo sagrado y lo profano, lo que se quiere y lo que se rechaza.

-> Todo lo que ocurre en el cuerpo, en la mente y en el entorno, sin dividir entre lo espiritual y lo mundano.


También incluye lo que la mente considera imperdonable, inmoral, indeseable, incorrecto. No porque sean cosas justificables o aceptables desde lo humano, sino porque existen y, si existen, forman parte del campo indivisible de la conciencia.



El amor incondicional del que hablan estas tradiciones o el mismo Yeshua, no es tener sentimientos bonitos hacia todos, sino el fin de la división entre sujeto y objeto. No es aceptación, es reconocimiento, porque no hay juicio, solo conciencia de sí.


Esto difiere un poco de las enseñanzas dualistas, donde el amor incondicional generalmente se entiende como una virtud que se cultiva. En algunos enfoques contemporáneos se le asocia con abrir el corazón para sanar o perdonar, lo cual tiene valor, porque mientras nos veamos separados, ese enfoque puede ser útil. Pero en realidad todo eso es una consecuencia inevitable del reconocimiento.


El amor del que hablo no depende del esfuerzo personal, no se basa en la voluntad de uno. Porque muchas veces aparecen emociones intensas o rechazos que no elegimos. Reacciones que surgen antes de que podamos hacer algo con ellas. Y nos sentimos culpables porque “debemos amar a los otros como a nosotros mismos”. Y ahí justamente está la clave.


El amor incondicional lo vemos más claramente cuando reconocemos que todo lo que surge en el campo personal tiene lugar, y que excluirlo o juzgarlo solo lleva al sufrimiento. Entonces puedes ver con más claridad que el otro también está hecho de lo mismo que tú.


No debe malinterpretarse con alimentar las emociones o sentimientos de baja vibración, sino darse cuenta de que el rechazo hacia esas manifestaciones internas solo nos generan más sensación de separación.


Esa lucha por ser mejor, por ser bueno, amable, compasivo cuando no es lo que surge espontáneamente en el campo de la conciencia perpetúa la ilusión de separación.


Dios es amor. Por ende, en esos momentos lo más amoroso que puedes hacer es darte cuenta de lo que ha surgido, hacer consciente tus sentimientos y darles espacio silencioso, observar a la parte que juzga, a la parte que odia, a la parte que teme.


Darle espacio no quiere decir aceptar, no quiere decir justificar, tampoco amarla o actuar. Solo darle presencia sin juicio.


¿Eso significa que todo está “bien”?


No en el sentido moral o psicológico.


La no dualidad no niega el sufrimiento, ni justifica el daño, ni elimina el discernimiento. Pero dice:

“Incluso esto, aunque duela, aunque no lo entienda, aunque no lo quiera, también existe, ya está aquí. Y si está aquí, forma parte de la Unidad.”


De nuevo, esto no es algo que se intelectualiza, es un reconocimiento que emerge cuando nos rendimos, en el buen sentido de la palabra, y dejamos de luchar con la realidad. Especialmente la realidad interna.


El amor incondicional es el tejido de la realidad, antes de que surjan las interpretaciones, los juicios, los roles, las historias o las identidades.


A veces se vuelve más evidente cuando uno suelta un poco la necesidad de corregirse, de repararse o de llegar a algún estado “mejor”.


Se dice fácil, pero…


Todo suena muy poético hasta que las emociones son tan intensas que se siente como un golpe que te digan: “tienes que dejar de intentar corregir tu experiencia”.


Muchas veces lo hemos intentado todo, y creemos que estamos soltando, y no se puede, o no sabemos cómo. O no encontramos el espacio donde podamos relajarnos sin sentirnos más desamparados o más rotos. Sentimos que algo estamos haciendo mal.

Lo primero es reconocer con total honestidad lo que hay. Sin tratar de forzar la rendición, solo trata de notar lo que sientes y, si es posible, que incluso esa lucha y la resistencia que estás oponiendo a lo que estás sintiendo, están ocurriendo dentro de algo más grande.


A eso se le llama rendición, pero no es una acción que haces. Es un descanso que a veces se da cuando dejas de esforzarte por cambiar tu incomodidad y sueltas el pensamiento contínuo de: “esto no debería estar pasando”.



Entonces… ¿cómo se empieza?

Primero: no corregir lo que sientes, ni siquiera querer que se vaya.


Comúnmente el impulso es escapar de las emociones densas. Pero la práctica empieza justo ahí: en no hacer nada con eso. Solo estar. Sentirlo en el cuerpo, y si puedes por favor no lo etiquetes. Trata de no ponerle nombre. Solamente respira con eso.


Esto está aquí. No necesito entenderlo, solo sentirlo.


Segundo: validar lo que sientes.


No hay errores. Todo es inteligencia del cuerpo buscando expresarse. Todas esas emociones tienen un lugar, quítales la connotación de malas, errores o negativas.


“Esto también tiene derecho a existir”. “Tengo derecho a sentir”.


Tercero: entrar en contacto con la parte que no lucha.


Aunque haya mucho caos emocional, siempre hay algo que está quieto internamente. Es como el fondo calmado en el que todo pasa. A veces se lo llama “testigo”, pero no es una energía externa. Es la conciencia infinita que lo abarca todo. Dios para algunos.

Quédate en ese espacio que sostiene la experiencia, eso que está antes del juicio.


Ejercicio: echa un vistazo a todo a tu alrededor, sin nombrar los objetos pero notando las formas, texturas y colores. Hazte consciente de qué queda cuando no juzgas la experiencia, no la interpretas, no la etiquetas, ni la nombras. Puedes hacer lo mismo con cada uno de los sentidos de percepción.


Esto te ayudará a cultivar la presencia plena sin juicio y conectar con el amor incondicional.


Cuarto: usar el cuerpo como ancla, no como el problema.


Si te duele el cuerpo o si reacciona con sensaciones intensas, no lo veas como el enemigo, sino como un canal de integración. No es “malo” somatizar las emociones. El subconsciente se comunica a través de símbolos y usa al cuerpo como camino cuando no ha logrado entregarte el mensaje de otras formas.


No te pierdas en lo que la mente dice sobre lo que sientes. Vuelve a la vibración del cuerpo.


Quinto: recordar que rendirte no es pasividad.


No tienes que quedarte quieto sufriendo. Pero te invito a intentar suavizar la lucha contra lo que ya está pasando en ti, y desde ahí quizás te sientas listo para moverte con más claridad si es necesario.

A veces necesitas llorar, a veces dormir, a veces salir a estar con la naturaleza.


Por último, deja el espacio para quizás admitir que no sabes nada. ¿Tal vez puedes ver que no tienes todas las variables para juzgar? ¿Que no sabes a dónde te está llevando lo que sea que estés experimentando ahora?


No necesitas buscarle sentido o confiar en que hay un orden oculto. Solo falta reconocer que la vida está expresándose libremente, incluso como desorden, y que la mente no puede contener el misterio. Trata de quedarte con la experiencia desnuda sin interpretación.


¿Y si no puedo rendirme?


Pues no pasa nada. Rendirse a la fuerza sería una contradicción. Rendirse quizás luce más como a bajar la guardia y dejar de pelear. O como un descanso cuando te sientes seguro de poder soltar la resistencia y dejar de intentar controlarlo todo.


A veces basta con darte cuenta de que no te sientes listo. Y permitir eso. No empujarlo, no corregirlo. Solo estar con eso.


En este sentido, al repetir un mantra, al respirar, al meditar, quizás sea útil, para cultivar la ecuanimidad, no buscar una experiencia especial de liberación o “sanación”, sino hacerlo desde una postura muy presente sin rechazar ni idealizar. Sin apegarnos a lo que quisiéramos sentir, ni empujar lo que no queremos.


Tal vez podamos simplemente soltar la idea del progreso espiritual o de alcanzar un ideal, y puede que se abra la posibilidad de ver que, en cierto sentido, siempre hemos estado completos.


Y tal vez, si se suavizan algunas capas, se pueda intuir que no hay que abrir el corazón, solo dejar de cerrarlo a lo que ya está aquí.


OM Namah Shivaya 


Mucho amor,


Astrid 🌬️🤍🕊️


 
 
 

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